Esta vez voy a poner los dos destinos en una sola entrada o de lo contrario el volumen Kia Ora! no tendrá final… Nos quedaban dos días y medio de estancia de Bruno ya que tuvimos que volver dos días a Wellington para que yo diera mis clases, pero lejos de desperdiciarlos, decidimos subirnos a un avión y plantarnos en Christchurch. Allí volvimos a alquilar un coche, esta vez automático, y aquí la nena melena se hizo al volante de nuevo. Creo que Bruno volvió
a temer en algún momento por su vida porque nuestro destino estaba de nuevo más allá de las montañas, atravesando carreteras serpenteantes pero con vistas espectaculares sobre los lagos y el mar. Lo que él no supo durante todo el viaje (sobre todo porque debido a un pequeño incidente le tomó un poco de manía a conducir el coche automático) y yo no había revelado hasta el momento es que… NO VEÍA NADA EN ESE COCHE!!! En fin, el coche era espacioso y molón, pero era de estos con el asiento muy bajito (y
para bajitos, yo!), así que mis ojos topaban directamente con el volante con la desventaja de que, a diferencia del coche de mi padre (donde ya tengo el truco pillado para mirar entre el volante y el salpicadero), este coche tenía un salpicadero muuuy alto que no dejaba ningún recoveco a mi visión miope (encima!). Así que… sí, Bruno me decía de vez en cuando si no iba muy hacia la izquierda, pero yo pensaba (izquierda? joder, por lo menos todavía voy por la carretera, si no veo nada, ahora mismo me llevo una oveja por delante).
Tampoco fue nada dramático (que seguro que alguno se tira de los pelos) y llegamos a nuestro primer destino: Akaroa. 
Se trata de un pueblecito costero encantador y estilo francés (porque los franceses lo intentaron colonizar) sin mucha más atracción que las vistas (que, eso sí, son espectaculares) y la cercanía a la Reserva de Blue Penguins de Pohatu en la Flea Bay. Esa misma noche, concertamos la visita y nos llevaron a ver cómo los pingüinos pasan su happy hour en el mar mientras anochece y después cómo van trepando, escalando y subiendo por las rocas. El espectáculo es increíble porque son los pingüinos más pequeños del mundo (medio metro) y los ves tan patosetes, como perdidos (aunque lo que pasa es que están ojo avizor mientras salen) y de repente, trepan milagrosamente entre rocas, peñascos, en una ascensión de más de 500 metros, total para buscar un agujero, una roca, un recoveco y anidar…
Nuestra suerte fue doble, porque pillamos a dos pingüinos de ojos amarillos que se habían
alejado un poco de su hábitat por excelencia (suelen estar en la península de Otago, más al sur y a la que descarté llegar porque no nos daba tiempo), y los pudimos ver también en una demostración de arrumacos y abrazos de lo más entrañable.
Al día siguiente pusimos la directa a Kaikoura, a disfrutar un poquito de las playas, las vistas y los miradores. La carretera hasta allí también es preciosa porque se cruza parte del triángulo
alpino neocelandés, pero eso supuso más carreteras serpenteantes para el sufrido bruno, más
subidas y bajadas con un coche automático que por momentos parecía que se iba a quedar tirado y otra vez una costa infinita hasta llegar a la ciudad. Lo mejor de Kaikoura es, sin duda, el marisco. Es la tierra de la langosta por excelencia en este país, pero ya no es como hace unos años que se comían langostas como caracoles a un precio de risa. Nos contentamos con ver las gaviotas, alguna foca marina (a la que no dudé en acompañar para tomar el sol un rato) y ver un par de mriadores de esos que quitan el hipo.
Ya de vuelta en el avión, el día nos regaló una preciosa vista del Triángulo Alpino, ese que… si todo va bien, cruzaré en tren cuando venga Fran…
























