Ser, estar y lo que queda en medio

•Junio 2, 2009 • 2 comentarios

Horror. Hace unos días descubro, para mi asombro, que no me reconozco casi nada en la imagen que otros (no tan lejanos)  proyectan (o reflejan) de mí.

Contexto. Situación: “Cena de becarios”. Alarma. Comentario: “una amiga me dijo el otro día.. sí, esa chica pequeñita de gafas… la eterna becaria de latinoamericana”… Ostras… eterna??? tanto llevo??? tanto se me ve??? qué será de mí si algún día consigo un trabajo remunerado y estable en ese mismo entorno??? la titular eterna??? es que no hay catedráticos más eternos que yo en el departamento???.

Contexto. Situación: “Misma cena”. Alarma. Comentarios varios: “como tú vas tanto al despacho…” (es mucho??? cuando me toca??? cuando tengo que firmar las tutorías y las clases???); “como eres la experta en papeles…” (mierda, burócrata???, secretaría???).

Salvavidas. Una amiga, ajena al contexto: “yo te quiero…”

Minuto para el absurdo. Minuto para la reflexión. Es cierto, existe siempre una distancia entre cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos ven los demás; existe siempre una distancia entre lo que creemos proyectar y lo que el reflejo en los demás nos devuelve, pero… esa distancia no puede ser insalvable, así que… medito: ciertamente, debo ser mucho menos divertida de lo que pensaba, mucho más cuadriculada, seria y burócrata de lo que quisiera reconocer. Qué putada. Porque al mismo tiempo, a estas alturas, uno ya no cambia por los demás (allá ellos) y entonces hoy recuerdo una frase “soy como consiga que me imaginéis” de unos versos de Sor Juana y uno de esos posts que nunca publiqué, y lo leo, y me encuentro (y descubro):

Soy como consiga que me imaginéis

Definirse, dar con el adjetivo apropiado, la palabra que condensa todo lo que somos, lo que queremos ser, lo que podríamos ser y las grietas por las que se filtra todo aquello que no somos, que no conseguiremos ser. Definirse es siempre un juego de oposiciones, soy todo aquello que no es el otro, definirse es un acto de negación en el que afirmar la diferencia. Y al final, somos lo que refleja el espejo y sólo eso, somos lo que los demás dicen que somos y no hay otro modo de ser que en los demás. Los muertos que sólo perduran si alguien los recuerda, los vivos que sólo existimos cuando otro nos piensa. Después de todo, soy como consiga que me imaginéis.

PD, Y no deja de ser, que desde hace años le doy vueltas a lo mismo (pero bueno, Sor Juana desde hace más…)

Lo raro, lo extraño… lo maravilloso

•Mayo 19, 2009 • 3 comentarios

Creo recordar la mayoría de mis fantasías: astronauta, escritora, conspiradora revolucionaria, cantante de bossa nova, mamá de familia numerosa, bruja, granjera, Napoleón… Nunca pensé que llegaría un punto en el que desear implicara soñar con alguien más. Mis fantasías siempre fueron solitarias y autosuficientes, a lo sumo, toleraban la presencia de alguien más… un espectador mudo e irrelevante, importante en la foto, pero siempre sin encuadre. En mi defensa diré que jamás me resultaron cojas, pobres o poco generosas.

Estos días, sin embargo, esas fantasías van colgadas del cuello de otro, entrelazadas en un par de manos que parecen no querer perder el resto de los cuerpos, como si fueran lo único que los sostiene.

Me crecen las ideas y los itinerarios, y no importa cuáles sean… en todas ellas apareces tan sonriente y distraído como la primera vez. Sorprendentemente, pareces inmutable a cuantas modificaciones introduzca en los futuros, las hipótesis y condiciones… tu persistencia no es sólo notable, sino que además se hace presente a cada pequeña modificación, a cada cambio de planes, a cada mirada intrigante con la que respondes un “¿y ahora qué?”. Qué raro -me digo- y te miro tratando de escrutar ese misterio, esa capacidad tuya para conseguir meterte de nuevo en mis sueños, en mis fantasías, en esas cosas que antes eran mías y que ahora… irremediablemente parecen convocarte. Entonces te ríes abiertamente, como si todo resultara natural a pesar de mi extrañeza. Y ya está, yo también me río porque tengo sueños locos y porque tú estás decidido a hacerlos parecer normales y cuerdos, porque mis fantasías tienen cabida más allá de mí, curiosamente, en ti. Y no lo entiendo, pero parece ser que no te importaría acostarte con una astronauta, una escritora, conspiradora revolucionaria, cantante de bossa nova, mamá de familia numerosa, bruja, granjera o incluso con Napoleón… el caso es que mi deseo y tu capacidad camaleónica se diversifican a la misma velocidad. Para colmo, algunas noches… me ha parecido que sueño con barcos voladores…

Quizá por eso, desde hace unos días, todas mis fantasías incluyen -sin saber por qué- una cama que deshacer, unas manos que lo saben todo de mí y una ilusión pueril por el porvenir.

30 de abril

•Abril 30, 2009 • 2 comentarios

Cumpliendo años

o primaveras.

Sabiendo que nunca es tarde

para salir(te) al encuentro

Carta abierta a un catedrático de arquitectura

•Abril 8, 2009 • Deja un comentario

Tengo un hermano -bueno, tengo dos, pero hoy la cosa va de uno de ellos- que de niño jugaba con el bote de Ariel y las piezas de manera. Sí, esas que tenían forma triangular, cuadrada o rectangular;  otras hacían forma de arco y algunas incluso contenían un hueco de donut en su centro. El caso es que recuerdo que él disfrutaba volcando todas las piezas y elaborando pequeñas estructuras en las que mezclaba formas y colores (rojo, azul, verde y amarillo, cuadrados, arcos, pirámides imposibles y castillos fabulosos).

Nuestras noches albergaban dos juegos secretos y confabuladores. El momento del baño -que compartíamos a pesar de la diferencia de edad- y que tenía siempre un ritual previo -dónde están los juguetes? Has cogido las esponjas? Esto flota?- y que daba lugar a nuestros viajes pirata entre champú que escocía en los ojos y arrugas en los dedos que intentábamos esconder de mi madre a toda costa. En ese rato, mi hermano diseñaba el paraíso perdido en medio del océano, allí se concentraban dos pequeñas islas (una rosa y otra azul) en la que dos clics esperaban sentados ser rescatados. Al acecho, el patito de goma descomunal, extraños objetos que simulaban ser tiburones, algún avión que sobrevolaba la zona y muy pocas ganas de frotarnos detrás de las orejas. Mientras nos sometíamos a la rutina desagradable de limpiar los oídos y cortar las uñas (que me dueleeeeeeEEEE!!! Ahhhh!!! al tete no le haces daño!!!), todavía rememorábamos la aventura vivida de la que yo había sido mero espectador (es que mi hermano, era mucho más increíble fabulando y el simple hecho de observar todo lo que sucedía en esa bañera calentita, era todo un prodigio a mis tres o cuatro años).

Nos quedaba, sin embargo, un placer más reservado para noches en que conseguíamos convencer a mis padres de que ese día, nos dejaran dormir juntos. En esas noches, yo vencía mi miedo a la oscuridad para jugar con las luces apagadas, mientras todos los demás creían que dormíamos, a mirar por la ventana, oír el misterioso ir y venir de los chopos del jardín y adivinar las formas de sus hojas. Este juego era de peripecia, confirmación y creatividad. Las formas de las hojas -un oso, un caballo, una cara- precisaban de la contraparte para ser aceptadas en el juego -no la ves? Si está ahí, al lado de la estrella, hay que ladear un poco la cabeza, ahora?- pero a esa actividad nos dedicábamos hasta que sucumbíamos al sueño.

Tengo un hermano que de niña me construía casitas en cajas de zapatos. Diseñaba las ventanas, la puerta giratoria y, si me portaba bien, las habitaciones interiores. Las fichas de dominó recreaban el salón, la cocina, el dormitorio. Cada día, una disposición distinta y alguna explicación que corroboraba las reformas (la ventana aquí en el cuarto, para que entre la luz, el baño a este otro lado y no tan cerca de la puerta). Con el tiempo, las casas se convertían en caravanas -un hilo hacía el resto- para que así, nuestras pequeñas criaturas vivieran de forma itinerante debajo de la escalera, ahora en un escalón al borde de un precipicio, aquí en la salita con un calor infernal o en medio del jardín, en plena selva.

Entre estos y otros sucesos, transcurrió mi infancia. Entonces, yo creía que mi hermano era la persona más sabia del mundo (con sólo cinco años más que yo, conocía todas las respuestas que me inquietaban, traducía ese mundo tan complicado y ajeno en algo asimilable y menos terrorífico); con el paso de los años he de decir, que todavía sigo creyendo que es una de las personas más inteligentes y perspicaces que conozco.

La adolescencia nos volvió cómplices -por él supe cómo se consiguen dar los primeros besos a una chica, qué placer oculto se esconde en los actos inapropiados y por qué el sexo, de repente, era tema de conversación tan recurrente en el colegio-. Mi hermano fue artífice de mi elección por la filología. Ningún Curso de Orientación Universitaria ni visita escolar fue tan fructífero como aquella tarde que mi hermano me llevó furtivamente a una facultad y me hizo recorrer todas sus plantas. Primero reprografía -aquí se compran los apuntes, teta-, después los departamentos -para que veas todo lo que se estudia y puedes elegir-, las aulas -mira qué grandes, cuánta gente- y por último, los tablones de notas -para que conozcas las materias y los profesores que suspenden mucho. De broma y como si le preocupara que en algún punto separáramos nuestros itinerarios, me decía: “bueno, siempre puedes meterte en Arquitectura conmigo, seguro que me alcanzas y acabaríamos a la vez”. Antes ya lo sabía -un 4 sobre 100 en aptitud espacial en un test de inteligencia no dejaba lugar a dudas a mis habilidades con el tema, las frustraciones de dibujo técnico y mi incapacidad para señalar por qué lado sale el sol, tampoco-, pero poco a poco descubrimos que a pesar de todo, no estábamos tan lejos. Urbanismo, ciudad, desarrollo, vanguardias, transformación social, espacio público y subjetividades urbanas fueron temas sobre los que discutimos -cada uno desde su disciplina- en numerosas noches de verano y tardes frente a la chimenea.

Ahora, después de todas esas cosas, de todos los caminos tomados y no tomados, de los errores cometidos, los fracasos vividos, las ilusiones depositadas en no sabemos muy bien qué, ahora, justo ahora, está presentando su proyecto de fin de carrera, el último paso (el vist i plau) justo antes de colgar su trabajo frente a un catedrático -que desconoce, porque eso sólo lo sabemos unos cuantos, que Robert es arquitecto desde mucho antes de que le den ese papel-, que evaluará, sin saberlo, no un proyecto y su pertinencia, no un trabajo académico y requisito para el título, sino la trayectoria de toda una vida, las aspiraciones de un niño que creció entre ladrillos y masa de cemento, los deseos de un inconformista -poco dado a la jerarquía-, la ambición de alguien que cree que la arquitectura está viva y que los espacios dicen siempre algo de nosotros, de nuestra ciudad, del mundo en que vivimos. Alguien que siempre ha pensado en la necesidad de integrar su trabajo sobre el relieve de una forma orgánica, que mima los detalles porque eso nos define y que sabe, como pocos saben, leer los deseos de las personas, traducirlos en muros, puertas, ventanas, materiales, espacios habitables, lugares para ser.

Él no sabe, pero hoy se lo voy a decir,  lo mucho que yo disfruto que dé siempre forma a mi palabra.

Educar para la frustración y el fracaso

•Abril 7, 2009 • 5 comentarios

Hoy estábamos analizando un cuento. Un cuento que, por más que el profesor insistiera en que había que desvincularlo de una lectura social, a mí me parecía reaccionario. Cómo no pensar en las clases a las que hacía referencia, cómo no ver un discurso no sólo reaccionario sino también pesimista y cruel… Sin embargo, si conseguíamos no leerlo de forma social y plantear el cuento en clave existencial o vital, el profesor aseguraba una lectura distinta. Y ese ha sido fundamentalmente el horror que me ha sobrevenido. Un cuento sobre el desasosiego del domingo y esa lápida pesada que arrastra de estar ahí sólo para anunciarnos que detrás le sigue el lunes y que, tras la ropa bien, el día ocioso, las máscaras del día sin trabajo… a última hora de la noche, todos nos preparamos ya para volver a la rutina tediosa y desamparada del resto de la semana. En clave vitalista o existencialista -nos decía- ese era un cuento que educaba para la frustración, que hacía visibles los límites insondables que nos rodean, que demarcan nuestra capacidad y que nos permite soñar sólo con lo que tenemos al alcance de la mano.

En un momento, la digresión vira, y de repente… somos una sociedad toda derechos (será que todavía no ha descubierto algunos textos de Foucault, ni está al tanto de las leyes de inmigración o antiterroristas, será que no le molestan las cámaras que nos han robado el espacio público para convertirlo en territorio de vigilancia o será que cree -como sostenía- que el ministerio de igualdad trata de hacer invisibles diferencias que siempre estarán ahí). De repente ese parece ser un buen modelo para que, aprendido de niños, no nos frustremos de adultos, de repente es mejor ponerle límites al deseo y a los sueños. De repente, ese desfase parece explicar siempre a los derrotistas, los que se quejan porque no tienen suerte, los que sueñan más de lo que deben, los que nunca serán estrellas del rock ni les tocará la lotería.

Con el avance de la clase, yo también me permito la digresión. Empiezo a pensar en qué hubiera sido de mí si de niña, me hubieran dicho que era demasiado bajita para ser azafata, demasiado fea para ser modelo, demasiado tonta para descubrir la fórmula de la fusión fría, poco mañosa para las manualidades, sin voz para hacerme cantante de bossa-nova, sin oído para tocar un instrumento, con demasiada vergüenza para hablar en público, sin chispa para hacer reír y con una cara demasiado cómica para el drama. Pienso en todo eso y en que, aunque nunca fue mi caso, la vida se encargó de ponerme los límites a una capacidad que de niña, me parecía infinita. De haber crecido con todos los límites (físicos, intelectuales, emocionales) creo que nunca hubiera dicho “te quiero” a la persona equivocada (presumo que tampoco a la apropiada, así son las cosas del querer), creo que no hubiera aceptado retos que pudieran hacerme fracasar (siempre le tenemos miedo al fracaso, es una sensación desagradable y angustiosa) creo que no habría hecho muchas de las cosas que ya hice y creo que hubiera cambiado de objetivos hace muchos años.

Es cierto, no es nada probable que una coja o gorda forme parte de un ballet o gane una medalla de oro en gimnasia ritmica. Es verdad, es imposible que un miope con amnea pueda ser controlador aéreo y no, un analfabeto no llegará al premio Nobel de literatura. Nuestras limitaciones son de mucho tipo y existen, unas pueden vencerse y otras nos acompañarán a lo largo de nuestra vida. Pero aceptar una educación para el fracaso supone algo que no es muy distinto de lo que se preconizaba en la Edad Media, esto es, una estructura jerárquica y sin fisuras (de leñador a leñador, de señor feudal a señor feudal, de doncella a doncella y zapatero a tus zapatos), un espacio contra el que ya se rebeló -frustradamente, es cierto- el Lazarillo de Tormes. Educar para el fracaso es… eso… fracaso, es conformarse con que nada cambiará porque somos lo que somos y esa materia es inalterable, educar para el fracaso es pretender que nacemos y somos, y no que nos hacemos.

Hoy pensaba, también, en una conversación que mantuve con mis estudiantes ayer. La clase iba de otra cosa, aunque no tan lejana (de un hombre que se enamora de un imposible, de un holograma, y su firme determinación de convertirse él mismo en holograma para habitar el mundo de las imágenes con ese amor imposible, simular -ante la imposibilidad de hacerlo real- una relación falseada), la cuestión es que me comentaban lo difícil que es tener beca y los años que llevaban intentándolo. Mi consejo, no fue para nada la educación para el fracaso, yo sólo podía decir un “perseverad”. En ese camino, las metas se diversifican lo suficiente como para que, si uno ha aprendido algo, sepa tomar los reveses y reconducir su deseo.

Ahora, no dejo de pensar en que si me hubieran educado para el fracaso, hace mucho tiempo que habría dejado de cantar en el estudio o en el coche, habría dejado de maravillarme con la papiroflexia (que no practico, pero admiro en otros), me habría perdido viajes al extranjero (y a los adentros); educada para el fracaso habría dejado de escribir hace tiempo o habría optado por un trabajo que no me expusiera a caras que me interrogan y me desnudan las ideas. Educada para el fracaso no sería una fracasada, pero ya no vería, como veo cada día, el horizonte de expectativas, las posibilidades infinitas que cada día me encuentro en las caras de mis estudiantes, en las de los pequeños que me rodean, en el desafío con que siempre miro al futuro.

PD, Sursum corda