Si el cielo y el infierno no lo impiden, el domingo llega Fran y partiremos cuatro días hacia los glaciares de la Isla Sur. Después volveremos a Wellington para que yo cumpla con mi última obligación académica (qué dura mi vida laboral…!!! jajajaaja) y en dos días volveremos a poner rumbo al polo sur, aunque pararemos en Stewart Island (es que en el polo-polo, debe hacer un frío del carajo) y después a por el Milford Track. Una vez de vuelta, me quedarán dos días para hacer las últimas compras antes de volver a Valencia como el turrón (sí, al final no sé cómo me lo monto que las compras parece que nunca se acaban) y me he quedado pensando… COÑO, tengo que contar los ositos de mi casa!!! Porque sí, todavía recuerdo la entrada con los objetivos, alguno ya se va a quedar definitivamente en la lista de los imposibles, pero qué se le va a hacer… hay que dejarse algo para poder volver, no?
El caso es que ayer me dediqué a contabilizar y fotografiar una muestra de la cantidad de peluches, ositos y gatitos
que hay por la casa. Mi casera es coleccionista (entre y esta, y el de Pittsburgh que coleccionaba muñecas voy servida…) de Ositos Teddy Bear… hasta el punto de que sé que en casa hay uno que cuesta 400 euros (y que no me han dicho cual es, porque si me entero juro que lo robo y lo vendo). Antes de venirme a vivir aquí, cuando vi las fotos que me enviaron para ver si me gustaba el sitio, solo pensé “la casa parece que está guay, el sitio también… pero madre mía, qué escalofríos me da ver que en una casa sin niños, no dejo de ver peluches por todas partes”. Lo primero que hice al ocupar mis nuevos aposentos fue, por supuesto, reducir todos los peluches a un mismo estante (es que si no, parecía que el cuarto era de ellos!) y empezar a preguntarme cuántos habría realmente por la casa.
Cuando los ositos de peluche se volvieron algo cotidiano y ya casi no les prestaba atención, empecé -como si de un cuento de Cortázar se tratara- a percibir otros objetos… colgantes en forma de osito en los pomos de las puertas de los armarios, posavasos-ositos, cuadros y dibujos de ositos en las paredes, miniaturas de ositos en los marcos de las ventanas, cajas de ositos, tazas de ositos, pisapapeles de ositos, calendarios de ositos, marcos de fotos de ositos, sujeta-puertas de ositos… En fin, ya no pude resistirme y los conté. Que conste que no los he contado todos pero llegué a 220 y paré de contar… Después, exhausta y algo atormentada recordé el momento
exacto en el que los peluches se convirtieron en un objeto algo demoníaco, bastante perturbador y poco bienvenido en mi habitación. Corría el año -probablemente- 90 y mi fanatismo por los perros estaba en pleno apogeo. Tenía posters, peluches que ya no cabían encima de mi cama y que por lo tanto descansaban en una mantita en el suelo y vete a saber qué más cosas. El caso es que antes de que mi habitación estuviera tan concurrida, me acostumbré a dar las buenas noches a mis juguetes favoritos… después a los peluches de perritos que se iban acumulando y.. finalmente, hasta los posters de los perros porque parecía que me miraban mientras les daba las buenas noches a los peluches y me daban pena… El día que mi padre -o no sé quién, pero alguien
de casa- me regaló el SUPER-MEGA-POSTER con 100 fotografías de perros… ese día se firmó mi sentencia. A partir de ese día cada noche acababa sudando porque a la fila de arriba del todo no llegaba para darle el beso de buenas noches y lo tenía que hacer saltando… me ib a a la cama tres cuartos de hora antes porque era lo que tardaba en despedirme de todos mis peluches, y si algún día estaba demasiado cansada, ya en la cama sentía el peso de la culpa porque los 100 perros del poster me estaban mirando desconsolados porque esa noche no les había hecho caso… Así pasé no sé cuántos días… sumida en la tribulación y el desasosiego… sabiendo que aquello era
irracional y estúpido, pero incapaz de desprenderme de tan agotador hábito y siempre con la certeza de que era una mala mamá para todos aquellos pequeños vástagos que yo misma había recogido… El día en que una mañana, medio dormida y todavía sin estar plenamente consciente, le di los buenos días a uno de los peluches… ese día los hice desaparecer a todos, todos sin excepción… junto con los posters. Así es como yo me convertí en exterminadora, pero es que de no haber sido así… ellos me habrían aniquilado. Desde entonces… creo que todos los peluches del mundo conocen mi vergüenza y quizá por eso siempre tengo la impresión de que me miran amenazantes con sus ojitos de cristal y sus cuerpos mulliditos que encierran la capacidad de atraparte entre sus pliegues…




























