La letra con sangre entra…
Está visto que este mundo está hecho para los mentirosos o los cínicos. He constatado que a esos les va mucho mejor que a mí y no porque me autocompadezca, sino porque he tenido el placer o displacer de toparme con ambos tipos a los cuales, con el paso del tiempo, admiro y desprecio por igual, todo sea dicho.
El otro día, mientras me lamentaba de mi maldita suerte por el último con el que tuve que lidiar, estaba en una reunión laboral intentando hacer como que mi vida sigue inmutable, aunque el desgraciado de turno ya no esté presente y manteniendo el tipo todo lo bien que se puede en estas circunstancias (esto es, con muchos kilos de menos, pero una increíble sonrisa de… ¿qué es la operación bikini para mí este año? ¡Tonterías!). El caso es que mientras me maldecía por estar en una reunión en la que todavía no sabía si no se me había perdido nada o si era lo único que tenía sentido en mi vida en ese instante, descubrí que la gente no tiene vergüenza o se la ha tragado tantas veces que ya ni sabe distinguir lo panfletario de la arenga, la verdad de la mentira. A un lado… los cínicos capaces de mirarte a los ojos y decirte que te están haciendo un favor mientras tú sabes que el favor se lo están cobrando solos. A otro… los mentirosos que, conscientes de su engaño, resuelven los trapicheos dentro de los términos del decoro y la más absoluta discreción. Y como tercera en discordia… yo, alucinando con esa gente que me saca más de 20 años y ya nada les saca los colores, y descubriendo que todavía me he llevado pocos palos si cualquier dinámica (social, laboral o sentimental) pasa por el engaño descarado o la traición disimulada.
Después de todo, si ellos eran capaces de creerse sus propias mentiras, qué podía pensar yo de que alguien me dejara sin dejarme o estuviera conmigo sin tener ningún interés ni en estar, ni en dejarlo estar…

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