Educar para la frustración y el fracaso
Hoy estábamos analizando un cuento. Un cuento que, por más que el profesor insistiera en que había que desvincularlo de una lectura social, a mí me parecía reaccionario. Cómo no pensar en las clases a las que hacía referencia, cómo no ver un discurso no sólo reaccionario sino también pesimista y cruel… Sin embargo, si conseguíamos no leerlo de forma social y plantear el cuento en clave existencial o vital, el profesor aseguraba una lectura distinta. Y ese ha sido fundamentalmente el horror que me ha sobrevenido. Un cuento sobre el desasosiego del domingo y esa lápida pesada que arrastra de estar ahí sólo para anunciarnos que detrás le sigue el lunes y que, tras la ropa bien, el día ocioso, las máscaras del día sin trabajo… a última hora de la noche, todos nos preparamos ya para volver a la rutina tediosa y desamparada del resto de la semana. En clave vitalista o existencialista -nos decía- ese era un cuento que educaba para la frustración, que hacía visibles los límites insondables que nos rodean, que demarcan nuestra capacidad y que nos permite soñar sólo con lo que tenemos al alcance de la mano.
En un momento, la digresión vira, y de repente… somos una sociedad toda derechos (será que todavía no ha descubierto algunos textos de Foucault, ni está al tanto de las leyes de inmigración o antiterroristas, será que no le molestan las cámaras que nos han robado el espacio público para convertirlo en territorio de vigilancia o será que cree -como sostenía- que el ministerio de igualdad trata de hacer invisibles diferencias que siempre estarán ahí). De repente ese parece ser un buen modelo para que, aprendido de niños, no nos frustremos de adultos, de repente es mejor ponerle límites al deseo y a los sueños. De repente, ese desfase parece explicar siempre a los derrotistas, los que se quejan porque no tienen suerte, los que sueñan más de lo que deben, los que nunca serán estrellas del rock ni les tocará la lotería.
Con el avance de la clase, yo también me permito la digresión. Empiezo a pensar en qué hubiera sido de mí si de niña, me hubieran dicho que era demasiado bajita para ser azafata, demasiado fea para ser modelo, demasiado tonta para descubrir la fórmula de la fusión fría, poco mañosa para las manualidades, sin voz para hacerme cantante de bossa-nova, sin oído para tocar un instrumento, con demasiada vergüenza para hablar en público, sin chispa para hacer reír y con una cara demasiado cómica para el drama. Pienso en todo eso y en que, aunque nunca fue mi caso, la vida se encargó de ponerme los límites a una capacidad que de niña, me parecía infinita. De haber crecido con todos los límites (físicos, intelectuales, emocionales) creo que nunca hubiera dicho “te quiero” a la persona equivocada (presumo que tampoco a la apropiada, así son las cosas del querer), creo que no hubiera aceptado retos que pudieran hacerme fracasar (siempre le tenemos miedo al fracaso, es una sensación desagradable y angustiosa) creo que no habría hecho muchas de las cosas que ya hice y creo que hubiera cambiado de objetivos hace muchos años.
Es cierto, no es nada probable que una coja o gorda forme parte de un ballet o gane una medalla de oro en gimnasia ritmica. Es verdad, es imposible que un miope con amnea pueda ser controlador aéreo y no, un analfabeto no llegará al premio Nobel de literatura. Nuestras limitaciones son de mucho tipo y existen, unas pueden vencerse y otras nos acompañarán a lo largo de nuestra vida. Pero aceptar una educación para el fracaso supone algo que no es muy distinto de lo que se preconizaba en la Edad Media, esto es, una estructura jerárquica y sin fisuras (de leñador a leñador, de señor feudal a señor feudal, de doncella a doncella y zapatero a tus zapatos), un espacio contra el que ya se rebeló -frustradamente, es cierto- el Lazarillo de Tormes. Educar para el fracaso es… eso… fracaso, es conformarse con que nada cambiará porque somos lo que somos y esa materia es inalterable, educar para el fracaso es pretender que nacemos y somos, y no que nos hacemos.
Hoy pensaba, también, en una conversación que mantuve con mis estudiantes ayer. La clase iba de otra cosa, aunque no tan lejana (de un hombre que se enamora de un imposible, de un holograma, y su firme determinación de convertirse él mismo en holograma para habitar el mundo de las imágenes con ese amor imposible, simular -ante la imposibilidad de hacerlo real- una relación falseada), la cuestión es que me comentaban lo difícil que es tener beca y los años que llevaban intentándolo. Mi consejo, no fue para nada la educación para el fracaso, yo sólo podía decir un “perseverad”. En ese camino, las metas se diversifican lo suficiente como para que, si uno ha aprendido algo, sepa tomar los reveses y reconducir su deseo.
Ahora, no dejo de pensar en que si me hubieran educado para el fracaso, hace mucho tiempo que habría dejado de cantar en el estudio o en el coche, habría dejado de maravillarme con la papiroflexia (que no practico, pero admiro en otros), me habría perdido viajes al extranjero (y a los adentros); educada para el fracaso habría dejado de escribir hace tiempo o habría optado por un trabajo que no me expusiera a caras que me interrogan y me desnudan las ideas. Educada para el fracaso no sería una fracasada, pero ya no vería, como veo cada día, el horizonte de expectativas, las posibilidades infinitas que cada día me encuentro en las caras de mis estudiantes, en las de los pequeños que me rodean, en el desafío con que siempre miro al futuro.
PD, Sursum corda

Cada día me sorprendes más y más, Gema.
Estoy flipando con este texto (otro más): tienes un tipo de inteligencia y una verbalización que admiro profundamente, y no, no es la fiebre (tengo 38.3 ºC) la que me hace magnificar este sentimiento.
Comentar que estoy absolutamente de acuerdo con lo que comentas del texto, comparto la reflexión en cada uno de sus renglones y admiro ese coraje que concretas y desafía lo establecido.
Hablamos (y nos vemos) espero que más bien pronto que tarde.
Un abrazo,
PS: Un miope puede ser controlador aéreo, sin embargo un daltónico (ejem) no. Lo digo por experiencia, y es que esos tonos verdes del vestido que rodea tu cuello en la foto principal del blog, son preciosos.
Cletussssssss… si es que un día nos tenemos que ir juntos a una de esas charlas de formación a las que vas tú… me da que saldríamos flotando.
He de decir que esta profesora -porque yo siempre miento en algo cuando escribo- me gusta bastante y que su comentario (que seguro que si lo leyera, igual se ofendía), aunque desafortunado para mí, no cargaba sus tintas sobre la ambición personal…. pero a mí me horrorizó igualmente.
Pd, jajajaja, y yo pegándome el moco con lo de los miopes (si es que yo, por barreras que no quede), pero qué sutil esa corrección que queda insignificante tras el piropo… jeje.
no te equivoques, nos educan para el fracaso. Así, los pocos que encontráis el modo de desmantelarlo seguirés manteniendo la coherencia, mientras que los que seguimos esa educación, mantenemos la economía y el “bienestar social”.
Joer tete, últimamente tus comentarios son tan escuetos como enigmáticos… Tú crees que estás de ese otro lado? o que es una cuestión de unos pocos frente a unos muchos? Ains, no sé, igual yo no lo entedí, pero que conste, que a pesar de los pesares, yo también mantengo la economía (sobre todo con lo que gasto) y el bienestar social (que, parece que no, pero pago los impuestos!).
Pd, si hay alguien educado para la lucha y no para el fracaso, ese eres tú, dispuesto a apostar por una empresa que vale la pena incluso en sus peores momentos, dispuesto a creer que el trabajo puede ser algo más que la nómina de fin de mes y dispuesto a crecer con cada elección más allá de su éxito o fracaso.
q razon tienes, sabes? nunca lo habia pensado asi, siempre habia pensado que era simple comodidad. Pero me has animado, con eso,es cierto que me mantengo y lucho por algo que me ha costado años conseguir y es un sitio en el que me sienta algo importante. Ojala me pasara mas veces. por cierto te cuento que tengo algo que contarte. Pero como siempre, algun dia, como todo. 5:27 AM despues de concierto movido en castellon