Carta abierta a un catedrático de arquitectura
Tengo un hermano -bueno, tengo dos, pero hoy la cosa va de uno de ellos- que de niño jugaba con el bote de Ariel y las piezas de manera. Sí, esas que tenían forma triangular, cuadrada o rectangular; otras hacían forma de arco y algunas incluso contenían un hueco de donut en su centro. El caso es que recuerdo que él disfrutaba volcando todas las piezas y elaborando pequeñas estructuras en las que mezclaba formas y colores (rojo, azul, verde y amarillo, cuadrados, arcos, pirámides imposibles y castillos fabulosos).
Nuestras noches albergaban dos juegos secretos y confabuladores. El momento del baño -que compartíamos a pesar de la diferencia de edad- y que tenía siempre un ritual previo -dónde están los juguetes? Has cogido las esponjas? Esto flota?- y que daba lugar a nuestros viajes pirata entre champú que escocía en los ojos y arrugas en los dedos que intentábamos esconder de mi madre a toda costa. En ese rato, mi hermano diseñaba el paraíso perdido en medio del océano, allí se concentraban dos pequeñas islas (una rosa y otra azul) en la que dos clics esperaban sentados ser rescatados. Al acecho, el patito de goma descomunal, extraños objetos que simulaban ser tiburones, algún avión que sobrevolaba la zona y muy pocas ganas de frotarnos detrás de las orejas. Mientras nos sometíamos a la rutina desagradable de limpiar los oídos y cortar las uñas (que me dueleeeeeeEEEE!!! Ahhhh!!! al tete no le haces daño!!!), todavía rememorábamos la aventura vivida de la que yo había sido mero espectador (es que mi hermano, era mucho más increíble fabulando y el simple hecho de observar todo lo que sucedía en esa bañera calentita, era todo un prodigio a mis tres o cuatro años).
Nos quedaba, sin embargo, un placer más reservado para noches en que conseguíamos convencer a mis padres de que ese día, nos dejaran dormir juntos. En esas noches, yo vencía mi miedo a la oscuridad para jugar con las luces apagadas, mientras todos los demás creían que dormíamos, a mirar por la ventana, oír el misterioso ir y venir de los chopos del jardín y adivinar las formas de sus hojas. Este juego era de peripecia, confirmación y creatividad. Las formas de las hojas -un oso, un caballo, una cara- precisaban de la contraparte para ser aceptadas en el juego -no la ves? Si está ahí, al lado de la estrella, hay que ladear un poco la cabeza, ahora?- pero a esa actividad nos dedicábamos hasta que sucumbíamos al sueño.
Tengo un hermano que de niña me construía casitas en cajas de zapatos. Diseñaba las ventanas, la puerta giratoria y, si me portaba bien, las habitaciones interiores. Las fichas de dominó recreaban el salón, la cocina, el dormitorio. Cada día, una disposición distinta y alguna explicación que corroboraba las reformas (la ventana aquí en el cuarto, para que entre la luz, el baño a este otro lado y no tan cerca de la puerta). Con el tiempo, las casas se convertían en caravanas -un hilo hacía el resto- para que así, nuestras pequeñas criaturas vivieran de forma itinerante debajo de la escalera, ahora en un escalón al borde de un precipicio, aquí en la salita con un calor infernal o en medio del jardín, en plena selva.
Entre estos y otros sucesos, transcurrió mi infancia. Entonces, yo creía que mi hermano era la persona más sabia del mundo (con sólo cinco años más que yo, conocía todas las respuestas que me inquietaban, traducía ese mundo tan complicado y ajeno en algo asimilable y menos terrorífico); con el paso de los años he de decir, que todavía sigo creyendo que es una de las personas más inteligentes y perspicaces que conozco.
La adolescencia nos volvió cómplices -por él supe cómo se consiguen dar los primeros besos a una chica, qué placer oculto se esconde en los actos inapropiados y por qué el sexo, de repente, era tema de conversación tan recurrente en el colegio-. Mi hermano fue artífice de mi elección por la filología. Ningún Curso de Orientación Universitaria ni visita escolar fue tan fructífero como aquella tarde que mi hermano me llevó furtivamente a una facultad y me hizo recorrer todas sus plantas. Primero reprografía -aquí se compran los apuntes, teta-, después los departamentos -para que veas todo lo que se estudia y puedes elegir-, las aulas -mira qué grandes, cuánta gente- y por último, los tablones de notas -para que conozcas las materias y los profesores que suspenden mucho. De broma y como si le preocupara que en algún punto separáramos nuestros itinerarios, me decía: “bueno, siempre puedes meterte en Arquitectura conmigo, seguro que me alcanzas y acabaríamos a la vez”. Antes ya lo sabía -un 4 sobre 100 en aptitud espacial en un test de inteligencia no dejaba lugar a dudas a mis habilidades con el tema, las frustraciones de dibujo técnico y mi incapacidad para señalar por qué lado sale el sol, tampoco-, pero poco a poco descubrimos que a pesar de todo, no estábamos tan lejos. Urbanismo, ciudad, desarrollo, vanguardias, transformación social, espacio público y subjetividades urbanas fueron temas sobre los que discutimos -cada uno desde su disciplina- en numerosas noches de verano y tardes frente a la chimenea.
Ahora, después de todas esas cosas, de todos los caminos tomados y no tomados, de los errores cometidos, los fracasos vividos, las ilusiones depositadas en no sabemos muy bien qué, ahora, justo ahora, está presentando su proyecto de fin de carrera, el último paso (el vist i plau) justo antes de colgar su trabajo frente a un catedrático -que desconoce, porque eso sólo lo sabemos unos cuantos, que Robert es arquitecto desde mucho antes de que le den ese papel-, que evaluará, sin saberlo, no un proyecto y su pertinencia, no un trabajo académico y requisito para el título, sino la trayectoria de toda una vida, las aspiraciones de un niño que creció entre ladrillos y masa de cemento, los deseos de un inconformista -poco dado a la jerarquía-, la ambición de alguien que cree que la arquitectura está viva y que los espacios dicen siempre algo de nosotros, de nuestra ciudad, del mundo en que vivimos. Alguien que siempre ha pensado en la necesidad de integrar su trabajo sobre el relieve de una forma orgánica, que mima los detalles porque eso nos define y que sabe, como pocos saben, leer los deseos de las personas, traducirlos en muros, puertas, ventanas, materiales, espacios habitables, lugares para ser.
Él no sabe, pero hoy se lo voy a decir, lo mucho que yo disfruto que dé siempre forma a mi palabra.

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