El Teatro Colón y El Ateneo
La semana pasada tuve la oportunidad de volver al Teatro Colón, ese que está considerado como el teatro más bonito del mundo. Mi primera cita con la ópera me hizo sentir como Pretty Woman, fue en este teatro, allá en el 2005 y para ver La Cabalgata de las Walkirias de Wagner… sobra decir que cuando terminó yo también pensé que “uf, por poco me meo de gusto en las bragas”… Cinco años después, ese edificio sigue siendo uno de mis lugares favoritos en esta ciudad. Emplazado en pleno centro de Buenos Aires, el teatro se inauguró en 1908 con una ópera de Verdi (creo) y, aunque por fuera nada hace presagiar la majestuosidad que lo envuelve por dentro, una vez cruzas la puerta sencillamente te da la sensación de que te has trasladado a otro mundo, uno de alfombras rojas, de
terciopelo, telones infinitos, luces, destellos, lámparas colgantes y palcos románticos.
Esta vez la visita contó con guía y espionaje incluidos. Fernando (mi compi de departamento), trabaja allí en temas de sonido y nos coló a Katie y a mí un domigo por la tarde para ver un concierto de música clásica experimental (eso daría para otro post… en vez de música aquello parecía una resonancia) y, de paso, llevarnos de ruta por todos esos rincones del teatro que no se pueden visitar. Primero fuimos por los sótanos y vimos las salas de ensayo (de música, de ballet, etc), y después subimos al escenario (AL ESCENARIO!!), meroeando entre bambalinas, flipando con el andamiaje que queda siempre detrás del telón y descubriendo los misterios de la tramoya (sí, sí, todo eso que alguna vez estudié en Teoría del Teatro y que nunca vi realmente in situ): que si por aquí esta plataforma desaparece, que esta otra gira y cambia el decorado, que si de aquí sube o baja tal o cual cosa… Una pasada, y yo ya fantaseando con ser una cantante de ópera con mi melena de tirabuzones al viento, cualquier prenda vaporosa alrededor de mi cuerpo y una voz digna de uno de los lugares con mejor acústica del mundo… Bueno, pero sigo, que si me pierdo en mis fantasías, no acabo.
El caso es que entramos a la sala principal donde, por cierto, estaban ensayando la ópera que estrenarán este mes o el que viene, Don Giovani. En fin, visita más oportuna no se me ocurre. Primero estuvimos en platea (donde los directores de la ópera y demás técnicos nos dedicaron alguna mirada indiscreta), después los palcos del primer piso (por aquello de cambiar de perspectiva) y por último…. el palco presidencia. Sí, eso… EL PALCO PRESIDENCIAL, madre mía, me senté en la que pensé que sería la localidad en la que Evita saludaba a las masas… En la mejor ubicación del teatro, de frente al escenario… allí estábamos… en vaqueros y zapatillas Katie, Fernando y yo… En fin, que la semana que viene me vuelvo a las taquillas a ver si consigo entradas para las dos óperas que van a hacer durante el tiempo que voy a estar por aquí…
Hoy, la visita era a otro teatro, pero que ya no lo es más. Sí, El Ateneo Gran Splendid, que supuestamente es la segunda librería más bella del mundo… Fue primero un teatro y ha conservado su forma original. De hecho, la parte del escenario es ahora una cafetería en la que puedes disfrutar de un submarino y unas pastas o facturas mientras te lees un libro, el que se te haya antojado de sus decenas de estanterías. Este es otro de mis lugares favoritos de la ciudad, lo tengo además a unas cinco o seis manzanas (cuadras aquí) de casa y es una cita ineludible si se viene a Buenos Aires.
He de decir que sólo he comprado un libro (buscaba muchos más, pero sólo tenían ese…) y aunque no es mi librería
favorita para comprar en Buenos Aires (mis favoritas tienen menos orden y mucho más polvo), es una librería a la que volveré muchas más veces simplemente para pasearme, mirar desde sus palcos y sentirme bien (si es que alguna vez tengo un mal día aquí). Las fotos no tienen mucha calidad, así que he copiado un par de algunos lugares de internet para que por lo menos hagan justicia al lugar. Mi nikkon, después de haber sobrevivido a las cataratas del Niágara, caídas peligrosas desde las red-rocks en Wellington, las inclemencias del tiempo en el Milford Track, las temperaturas de los glaciares y la arenas de cuanta playa ha recorrido, parece que se empieza a resentir… Pero ni modo, me tiene que aguantar este viaje y el que viene, porque acá la tecnología es re-cara.
