El día comenzó otra vez amenazando con lluvia, no estábamos seguros de poder hacer la 90
Mile Beach porque el día anterior el autobús se había tenido que volver debido al viento. Bueno, explico esto un poco. La 90 Mile Beach es una playa de unos 15km de largo por el que se puede acceder a Cape Reinga, ese lugar mítico y sagrado de la cultura maorí y sencillamente abrumador para cualquier pagano… El destino final era ese punto en el que el Mar de Tasmania se encuentra con el Océano Pacífico entre vientos huracanados y un paisaje tan desolador como espectacular.
El caso es que nos subimos en el bus (con cabina de camión, qué pasada de trasto!) y fuimos haciendo el recorrido con un montón de abuelitos (Bruno y yo éramos de lejos la pareja más joven y menos enamorada!!!). Fue bastante gracioso porque con frecuencia nos convertimos en el centro de la atención del conductor y los abueletes que celebraban sus bodas de oro… La verdad es que creo que pensaron que estos españoles son unos secos y que, aunque en nuestra luna de miel, éramos una pareja condenada al fracaso… Lo intentaron todo: hacernos bromas sobre por qué no nos sentábamos juntos (jeje, es que los dos podíamos disfrutar de las vistas), si estábamos enfadados y “no, no, poneos ahí que ya os hacemos la foto juntos…”. Pobres… sin duda pasamos por la pareja menos romántica de la historia, aunque la verdad es que durante todo el viaje fuimos una pareja de hecho bien avenida…
La llegada a la 90 Mile Beach es increíble, encima va y tuvimos suerte con un conductor dicharachero que nos fue
contando un montón de historias y de anécdotas sobre el lugar, la cultura maorí y demás. Como el día estaba medio nublado y con bastante viento, la visión del mar (pero un mar muy revuelto) y ese horizonte infinito en tonos grises y azules, nos dio la sensación de que estábamos realmente asomándonos al fin del mundo, parece mentira que alguien pudiera llegar a aquellas costas con una canoa… Tuvimos suerte y pudimos cruzar la playa (el día anterior, la marea había subido rápido por el viento y estaba impracticable), de hecho… aquí tenéis lo que se cobró la playa el día anterior… un 4×4 quedó atrapado, sepultado y como souvenir para nosotros… Parece increíble que un coche pueda acabar así, pero lo cierto es que no es nada infrecuente en esa zona.
Después de cruzar la 90 mile Beach llegamos por fin a las dunas de arena en las que se puede “surfear”. Bueno, cuando Bruno y yo vimos que el abuelete de más de 70 años cogía su tabla y se enfilaba por la duna… nos dijimos… no podemos ser menos! Así que empezamos a trepar (yo con bastante dificultad, la tabla me hacía efecto corta-viento, pero también me tiraba al suelo cada dos por tres). Ya arriba me senté junto al conductor que muy risueño me dijo “ale, ale, tírate” y en cuanto me asomé y vi que no veía la pendiente (joer, es que eso parece el Dragon Khan) le contesté un “espera, espera, que me lo tengo que pensar”. Pero no me dio tiempo… palmadita en la espalda y
otro “va, tírate” y pensé, “mierda, voy a parecer una chiquilla, valor y al toro!” y me tiré… La primera sensación fue el subidón de adrenalina de no ver la pendiente y después verla demasiado cerca con la rápida sensación de “mierda, no solo voy a acabar revolcada por la arena, sino que creo que me puedo desnucar”… la tabla empezó a coger velocidad al mismo ritmo que a mí me aumentaba la taquicardia y la certeza de que mi poco harte para coordinar piernas y brazos iba a causar estragos en mi cuerpo… Sorprendentemente… bajaba a toda velocidad pero en recto, así que al final, mi único temor fue el de “joder, cómo se para!!!” porque ya me veía en el agua.
Pero no, increíble pero cierto, llegué sin hacerme una bola y me quedé cerca del agua, pero sin tocarla… En realidad, seguro que muchos intrépidos considerarán una exageración mi experiencia por las dunas, pero yo descubrí que para mí, aquello ya tenía la misma emoción que hacer puenting, paracaidismo o similar… de hecho, creo que con alguna de esas cosas, simplemente me daría un paro cardíaco, así que… Surfing en las dunas: done!
Bruno no corrió tanta suerte… jajaja, acabó rebozado, dando volteretas de campana y milagrosamente de pie (eso da cuenta del tipo de volteretas que dio, jeje), y no hay documento gráfico de eso, pero la pequeña manchita que se ve en la foto es él.
Tras la excitante experiencia de las dunas, nos dirigimos a Cape Reinga y he de decir que no sólo no me defraudó, sino que fue mucho más espectacular de lo que me esperaba. El lugar es medio fantasmagórico, las vistas increíbles y el viento…….. de locos!!!! En realidad, el peligro de surfear en las dunas me pareció mínimo comparado con el viento (que no va de coña, era brutal) de Cape Reinga.
En más de una ocasión, Bruno tuvo que cogerme para que no me cayera o para empujarme y
que así pudiera avanzar. El momento más heavy fue cuando por un caminito junto al acantilado, mientras iba pensando “te imaginas una ráfaga de viento y que me caigo?”, zas… juro, aunque parezca imposible, que mis pies dejaron de tocar el suelo por un momento y yo pensé que no era tan descabellado que literalmente me volara…
Pero bueno, algo de historia sobre el lugar. Cape Reinga no es el punto más al norte de Aotearoa (pero casi) y cuando Kupe, que según la tradición maorí fue el primer hombre que pisó la isla, llegó allí, bautizó el lugar como “Te Rerenga Wairua” y está considerado por la cultural maorí como el lugar por el que sus almas vuelven a Hawaiki (la isla del pacífico de la que provienen), una vez muertos. Por eso aquel lugar es sagrado y no se debe comer ni beber mientras se camina por el recorrido que lleva hasta el faro. Al final del
acantilado, entre unas rocas y con todas las inclemencias del viento, hay un arbolito que increíblemente sobrevive en unas condiciones que lo convierten en un auténtico survivor, pero jamás está en flor…
De vuelta a Paihia, pasamos por un bosque de Kauris y no pudimos resistirnos a darles el abrazo oso amoroso… en la cultura maorí se considera que tienen poderes curativos y qué queréis que os diga… yo me sentí como un ewok…































